RESUMEN
La evidencia que la actividad física regular extenderá la proyección de vida de un adulto uno o dos años, puede derivarse de consideraciones antropológicas y de las comparaciones de personas con diferentes niveles ocupacionales o actividades recreativas. Los estudios de atletas ayudan poco, porque tales individuos son estrictamente seleccionados por su tipo corporal. La tendencia secular ha sido “dibujar” la curva de mortalidad, en vez de incrementar la cantidad de gente muy anciana. Aunque una extensión de la proyección de vida es generalmente deseable, la recompensa es una perspectiva distante para los adultos jóvenes; el mejoramiento de la calidad de vida en la adultez y en la tercera edad es una razón, más que poderosa, para sugerirles que deberían volverse físicamente activos.
Palabras Clave: longevidad, supervivencia, expectativa de vida, ajustada a los años de vida, isquemia cardíaca.
INTRODUCCION
En este artículo, debería señalar los orígenes de la idea de que el ejercicio
puede incrementar la proyección de vida, en sus raíces, tanto antropológicas
como en la medición deportiva, acentuando como mi conclusión, que la calidad de
vida de los individuos es de una importancia mucho mayor que su longevidad.
FUNDAMENTOS ANTROPOLOGICOS
Adaptabilidad Humana
Los antropólogos se suscriben al concepto de adaptabilidad humana. A través
de un proceso de selección natural, continuado por muchos siglos, el ser humano
se ha adaptado a una vida de actividad física moderada, tanto como
cazador/recolector o un agricultor primitivo (Wainer, 1964). La gente que se
adhiere a este tradicional estilo de vida gozará de una larga proyección de
vida, pero aquellos que han permitido innovaciones técnicas modernas
disminuyendo su nivel diario de actividad física son susceptibles de sufrir de
“Enfermedad de la Civilización”, sufriendo mayor incapacidad en sus años finales
y viviendo un período total más corto.
Examinaremos la relación entre el ejercicio y la longevidad, observando el
estilo de vida corriente de poblaciones supuestamente longevas, y otras
poblaciones con una baja incidencia de enfermedad cardíaca isquémica. También
consideraremos la evidencia de la herencia en la longevidad, y finalmente
haremos una crítica global al concepto de adaptabilidad humana.
Poblaciones supuestamente longevas
Algunos antropólogos han señalado a pequeñas poblaciones, donde muchos de sus
habitantes proclamaban ser extremadamente viejos (Leaf, 1985). Los grupos
estudiados han incluido a los pobladores Georgianos de algunas partes de El
Cáucaso, los Hunzas en las montañas de Pakistán Oeste y los pobladores de
Vilcabamba, en los Andes Ecuatorianos. En cada una de estas regiones, muchos de
los lugareños adhieren significativamente a un estilo de vida físicamente
activo, “saludable” (Leaf, 1985; Mazess & Mathiesen, 1982).
Crítica Específica. Los estudios de estas comunidades de centenarios
fueron ampliamente publicitados en la década pasada en revistas tales como
“National Geographic”, pero los principales investigadores han admitido, desde
ese momento, que sus conclusiones estaban equivocadas. Las dificultades surgen
porque las fechas de nacimiento no fueron confirmadas. En El Cáucaso, muchos de
los pobladores que declararon ser muy viejos, han groseramente exagerado sus
edades para eludir su conscripción durante la guerra de Crimea. En Vilcabamba,
los más ancianos de la comunidad fueron siempre reverenciados por su sabiduría,
he allí el gran incentivo para la gente vieja para exagerar sus edades. De todas
maneras, Mazess y sus asociados, finalmente obtuvieron acceso a los registros
bautismales de la iglesia, mostrando que muchos de los pobladores que eran más
viejos de 70 años habían aumentado sus edades en un margen de 10 a 30 años. La
proporción de residentes de más de 60 años ha sido aumentada en relación al
promedio de los ecuatorianos, por una migración interior de los más viejos, y
una migración hacia el exterior de los jóvenes trabajadores industriales, pero
el promedio de longevidad es, actualmente, más bajo en Vilcabamba que en la
mayoría de las sociedades desarrolladas.
Por lo tanto, nosotros no tenemos evidencia convincente de que el estilo de
vida tradicional de los agricultores primitivos prolonga la proyección de vida o
longevidad.
Poblaciones Supuestamente Libres de Isquemia Cardíaca
Otras evidencias a cerca del estilo de vida y enfermedades tales como la
isquemia cardíaca y la diabetes han sido extraídas de pequeñas poblaciones
indígenas, tales como los criadores de camellos somalíes (Lapiccirella et al.,
1962), los Masai del Este Africano (Mann et al., 1965) y los Inuitas de
Groenlandia (Bang et al., 1976). Aparentemente, todos estos grupos consumen
mucha grasa, y los africanos también consumen cantidades importantes de leche,
carne y sangre. No obstante tales grupos parecen disfrutar de una incidencia
extremadamente baja de isquemia cardíaca.
Crítica Específica. Sigue habiendo problemas para chequear la
verdadera incidencia de la cardiopatía isquémica. Cuando las personas viven en
áreas remotas, la causa de muerte es raramente establecida por autopsia. Por lo
tanto, hay un pequeño argumento para decir que la cantidad de ataques cardíacos
es mucho menor que en las sociedades desarrolladas. Sin embargo, información
sobre indios rurales (Pinto et al., 1970), isleños tradicionales del Pacífico
Sur (Prior & Evans, 1970), y los tradicionales Inuitas de Groenlandia (Bang et
al., 1976), han mostrado todos un perfil de lípidos favorable, en relación a los
de los moradores de las sociedades desarrolladas.
Tales poblaciones pueden haber evitado la isquemia cardíaca por varias
razones distintas al alto grado de gasto de energía diario. En lugares como
Somalía, la cantidad total de alimento disponible está limitada en relación a
las demandas de la vida diaria (Keys, 1975). La leche fermentada que toman los
Masai contiene un inhibidor de colesterol específico (Mann, 1977). La grasa
ingerida por los Inuitas costeros contiene una gran proporción de ácidos grasos
omega-3 no saturados (Bang, 1976). Finalmente, una gran fracción de muchas
poblaciones primitivas muere por hambre, accidentes o enfermedades infecciosas,
antes de alcanzar la edad en la que isquemia cardíaca podría manifestarse.
Evidencia más convincente sobre el valor de un estilo de vida activo
tradicional viene de estudios sobre aculturización y en comunidades donde la
civilización “occidental” ha causado cambios rápidos, pasando de una vida activa
a una vida sedentaria. Por ejemplo, varios grupos Inuitas (Mainard, 1976;
Carrier et al., 1972; Rode & Shephard, 1992; Bang et al., 1976) han adoptado un
estilo de vida urbano moderno. Como resultado, el grosor de sus pliegues
cutáneos ha incrementado dramáticamente, han aumentado las concentraciones de
colesterol sérico, con un consecuente aumento correspondiente en el índice de
enfermedades cardiovasculares.
Estudios genéticos formales de longevidad
Un método final para evaluar la hipótesis de la adaptabilidad humana es
examinando el impacto de la herencia sobre la longevidad.
La diferencia de sexo en la proyección de vida es un marcador poderoso en la
influencia genética con respecto a la longevidad. En la mayoría de las
sociedades, una mujer de 25 años, es probable que viva 6-7 años más que un
hombre de la misma edad. Algunas de estas diferencias se deben al estilo de
vida. Por ejemplo, hasta hace poco tiempo han fumado más hombres que mujeres. De
todos modos, el estilo de vida no es la explicación completa, desde que también
hay diferencias de sexo en la proyección de vida de los animales experimentales
(Comfort, 1979).
Estadísticas de Seguros de Vida también muestran una asociación entre la
supervivencia de los padres y de sus vástagos masculinos (Dublín et al., 1949);
de todos modos en tal situación, influye tanto la herencia genética como las
pautas culturales heredadas. Por ejemplo, víctimas de enfermedades coronarias
tienen amplias chances, no sólo de haber sido fumadores, sino también de tener
hijos que se conviertan en fumadores (Margolis et al., 1974).
Los científicos responden preguntas a cerca de la herencia, observando a los
gemelos. Cuando un gemelo muere en una edad entre los 60-65 años, la diferencia
promedio de la edad de muerte con la de su hermano es 47.6 meses para los
hombres y 24.0 meses para los gemelos idénticos femeninos, mientras que las
diferencias entre gemelos no idénticos son 107.9 y 88.7 meses (Kallman & Sander,
1948). Esto hace razonablemente fuerte la evidencia de que la herencia influye
sobre la longevidad, aunque, los gemelos idénticos pueden haber experimentado
condiciones ambientales más comparables que los heterocigotas sobre mucho de su
proyección de vida, y pueden haber sufrido más dolor que los heterocigotas
cuando fueron separados, y sometidos a diferentes estilos de vida.
La mitad de la variación en la longevidad en ratones de criadero, ha sido
también atribuida a la herencia (Goodrick et al., 1983). Por ello podemos
concluir que los factores genéticos tienen alguna influencia sobre la
longevidad, aunque de todos modos, es imposible estimar la magnitud de este
efecto.
Crítica al concepto de adaptabilidad humana
Déjennos ahora anotar algunas debilidades importantes en el concepto básico
de adaptabilidad humana y la colonización de habitats específicos. Si la
selección natural ocurre, una característica fisiológica o de comportamiento
debe tener una influencia favorable sobre las perspectivas del individuo, en el
casamiento, en la reproducción o en la crianza de niños. Por ejemplo, una mujer
podría elegir a un apto y joven cazador como marido. De todos modos, no hay
bases genéticas para la selección natural de gente con una larga proyección de
vida, a menos que esto esté relacionado con una característica que se manifiesta
durante los años reproductivos; por ejemplo, una persona que fue apta
físicamente y activa como adulto joven podría conservar estas mismas
características en su vejez, y por ello sobrevivirá por un mayor período que una
persona sedentaria. La supervivencia hasta una vejez extrema podría, incluso,
tener consecuencias negativas para una comunidad que estuvo viviendo en un
hábitat desafiante. Por ejemplo, la supervivencia de los abuelos podría
incrementar la demanda sobre las limitadas reservas de alimentos, y en un
período de la historia Inuita era aceptado que luego que una persona anciana
hubiera transmitido sus conocimientos acumulados a cerca de habilidades para la
supervivencia a la próxima generación, salía del iglú a caminar para morir
deliberadamente en el frío del invierno.
Aún a una edad más joven, parece improbable que un alto nivel de actividad
física habitual y la aptitud física resultante tenga un gran impacto sobre la
selección natural. Uno de los más llamativos descubrimientos del Proyecto de
Adaptabilidad Humana del Programa Biológico Internacional (Shephard, 1978), fue
la similitud de las características fisiológicas entre personas que estuvieron
viviendo en ambientes muy diferentes. Se pueden sugerir algunas posibles
explicaciones (Shephard, 1980). Primeramente, los desafíos planteados por un
ambiente dado difieren enormemente de una estación a otra. En el caso de los
Inuitas, por ejemplo, la emergencia de las características fisiológicas que
favorecen la supervivencia en el invierno, puede estorbar la supervivencia en
los meses de invierno. En segundo lugar, muchas poblaciones indígenas han
colonizado la confluencia de varios ecosistemas diferentes, por ejemplo,
recorriendo los picos de cadenas montañosas y la profundidad de valles boscosos.
Por eso, las características que ayudan a la supervivencia en un ecosistema no
son de valor, o aún son un estorbo en un terreno vecino. En la mayoría de los
ambientes, la supervivencia depende más del poder cerebral y de una capacidad
para la innovación técnica que de la aptitud física y la capacidad para
ejercicios extenuantes. Finalmente, en muchas situaciones la muerte aparece no
por una desadaptación fisiológica sino por un accidente insalvable, enfermedad o
una hambruna catastrófica.
Por eso, podemos argumentar que los humanos fueron creados con el ejercicio
en la mente pero la evidencia que la adaptación evolutiva nos ha forzado hacia
el ejercicio no es muy convincente.
Evidencias desde la Medicina del Deporte
La Medicina del Deporte ofrece otro camino para mirar el impacto de la
actividad física sobre la longevidad.
ESTUDIOS PRIMITIVOS SOBRE ATLETAS
Primeramente déjennos mirar la suerte de los atletas. En la época victoriana,
los especialistas deploraban la cantidad de tiempo que los competidores
universitarios asignaban a sus entrenamientos, y tal vez por esta razón
sugirieron que deportes, tales como el remo, podrían llevar a una defunción
temprana (Shephard, 1981).
Para la sorpresa de estos investigadores, estudios iniciales sugieren algunas
ventajas en la proyección de vida para los atletas. De todos modos, las
comparaciones entre deportistas universitarios y el público en general son
manifiestamente injustas, dado la vida de privilegio disfrutada por aquellos que
asistieron a Universidades tales como Cambridge en la Inglaterra Victoriana.
Cuando fue comparada la supervivencia entre a) estudiantes que ganaran triples
honores académicos, b) los representantes de sus Universidades en eventos
atléticos, y c) los estudiantes universitarios promedio, la “intelligentzia”
mostró un promedio de una ventaja de 2 años de la proyección de vida de los
atletas sobre los estudiantes honoríficos, pero sólo hubo una pequeña diferencia
de la expectativa de vida entre los estudiantes promedio y los atletas (Rook,
1954).
Montoye et al. (1956), llevó a cabo estudios similares con el alumnado de la
Universidad Estatal de Michigan. Otra vez, ellos no encontraron diferencias de
longevidad entre aquellos que habían representado a la Universidad en deportes
“mayores” y aquellos que fueron identificados como “estudiantes no atléticos”.
Karvonen et al. (1974), alcanzó una conclusión más positiva a cerca de la
participación atlética; ellos compararon las curvas de supervivencia de
campeones de esquí de cross-country finlandeses, hombres que han mantenido un
alto nivel de gasto de energía, aún habiendo entrado en edad adulta avanzada,
con la experiencia de la población masculina en general. En promedio, los
esquiadores viven 4.3 años más. De todos modos, la mayoría de los esquiadores no
han sido fumadores, y este factor bien podría justificar casi el total de sus
ventajas.
Una crítica similar se aplica a comparaciones más recientes (Sarna et al.,
1993) entre campeones deportivos nacionales finlandeses y miembros de la Fuerza
de Defensa Finlandesa, igualados por área de residencia, “status”
socioeconómico, estado civil y edad. Comparaciones cross-seccionales mostraron
un promedio de expectativa de vida de 75.6 años para los atletas de resistencia,
73.9 años para aquellos participantes en deportes de equipos, 75.1 años para
aquellos involucrados en deportes de potencia, y 69.9 años para los controles.
CRITICA. Hay sencillamente varias falacias al hacer comparaciones
cross-seccionales entre atletas e individuos supuestamente sedentarios.
Primariamente, la mayoría de los atletas, o eligen su deporte o son
seleccionados porque tienen una estructura corporal inusual. Por eso la enorme
masa corporal de participantes en deportes de contacto tiene un efecto adverso
sobre la expectativa de vida, mientras que la estructura corporal ectomórfica de
competidores de resistencia le da una sustancial ventaja, inherente en la
proyección de vida (Wilson et al., 1990).
Existe también el problema de distinguir atletas de no atletas. Algunos, que
son clasificados como no atletas, tal vez han rentado vestuarios en
instalaciones de atletismo, y físicamente pueden ser tan activos como aquellos
clasificados como atletas (Polednak, 1978; Yamaji & Shephard, 1977). Además, la
clasificación está usualmente basada sobre el comportamiento durante la
adolescencia o en la vida adulta temprana. Tal información tiene sólo relevancia
limitada para la vida adulta tardía, desde que muchos participantes, en deportes
de equipo o en competiciones atléticas de alto nivel, abandonan sus deportes tan
pronto como se les pasó la edad de performance pico. Para la mediana edad
(cuando los factores de riesgo cardíaco están asumiendo importancia práctica
inmediata), aquellos clasificados como atletas pueden ser actualmente menos
activos, más excedidos en peso y tienen más posibilidades de ser fumadores que
sus semejantes supuestamente sedentarios (Montoye et al., 1956). Muchos
ex-participantes en deportes de contacto también mantienen, en edad avanzada, un
alto consumo de carnes y grasa animal; semejantes prácticas alimentarias
incrementan el riesgo de enfermedades cardíacas y diversos tipos de cáncer.
Finalmente, es un error enfocar simplemente las tasas de mortalidad. Las
causas de muerte tienden a diferenciarse entre atletas y no atletas. En
particular, los atletas son a menudo más aventureros que los individuos
sedentarios, con un correspondiente riesgo mayor de sucumbir a variadas formas
de muerte temprana y violenta (Shephard, 1977).
Isquemia Cardíaca y Ocupación
Dado que la enfermedad cardiocoronaria es una de las causas más importante de
muerte prematura, podemos deducir alguna información a cerca del ejercicio y la
longevidad, al comparar la incidencia de la isquemia cardíaca entre trabajadores
con altas y bajas demandas de niveles de energía.
Ejemplos de tales estudios, incluyen comparaciones de choferes de colectivos
de Londres vs. conductores, carteros vs. empleados de correos, trabajadores de
campo de Kibbutz (Israel) vs. oficinistas, trabajadores viales vs. oficinistas
empleados, y varias categorías de estibadores (Shephard, 1981; Paffenbarger,
1990).
En la mayoría de estos estudios, el “status” socioeconómico, la dieta y las
condiciones generales del empleo fueron, razonablemente, comparadas entre
aquellos con altos y bajos niveles de actividad ocupacional. Casi sin excepción,
varios marcadores de ateroesclerosis cardíaca fueron doblemente prevalerte en el
componente sedentario de la fuerza de trabajo (Shephard, 1981). Cuando la
atención se centra simplemente sobre incidentes de muerte repentina (donde la
ateroesclerosis es una causa dominante), la desventaja de una ocupación
sedentaria triplica el riesgo.
Por supuesto, que hay fragilidades en los estudios ocupacionales. Los
trabajadores pueden cambiar de un trabajo físicamente demandante a un empleo
sedentario a causas de tempranas manifestaciones de enfermedad cardíaca; de
todos modos esta complicación ha sido invalidada en estudios prospectivos, donde
las ocupaciones de los individuos fueron clasificadas al comenzar el estudio.
Hay también una selección personal del trabajo sedentario por aquellos
individuos que tienen otros factores de riesgo cardíaco. Por ejemplo, Morris et
al. (1956), encontró que los individuos obesos con un alto colesterol sérico
optaron por ser choferes, en vez de conductores de ómnibus del transporte de
Londres. Algunas veces, también ha habido diferencias en el consumo de
cigarrillos en trabajadores activos e inactivos. De todos modos, análisis
multivariados sugieren que el riesgo cardiovascular de una ocupación sedentaria
persiste luego del control de las variables: “fumar”, obesidad y la presión
sanguínea elevada (Paffenbarger et al., 1977).
El gasto de energía ocupacional asociado con una prognosis cardiovascular
mejorada ha sido estimado que varía entre 1.7 y 3.8 Mega Joules/semana (Fox &
Haskell, 1968).
Estudios sobre Actividades Recreativas u Ociosas
A raíz del progreso de la automatización de las fábricas en Norteamérica,
sólo el 20-25% de las ocupaciones demandan hoy, un alto nivel de consumo de
energía. Las generaciones futuras deberán, por lo tanto, contar con las horas
libres como fuente de salud a través del ejercicio. Estudios recientes sobre
isquemia cardíaca y longevidad se han focalizado en investigaciones a cerca del
ocio, en lugar de observar más profundamente las clasificaciones de la actividad
ocupacional.
Detallados meta-análisis de muchos estudios disponibles (Powell et al., 1987;
Berlin & Coldlitz, 1990), han confirmado que la vida sedentaria duplica los
riesgos de muerte futura por enfermedad cardíaca. Realmente, si la atención se
concentra sobre estudios más exactamente controlados y mejor diseñados, el
riesgo de los individuos sedentarios se triplica.
Igualmente, sujetos que son clasificados en términos de su respuesta a un
simple test sobre cinta, muestran una relación inversa entre todas las causas de
mortalidad en los próximos 8 años y sus niveles iniciales de aptitud (Blair et
al., 1989). El mayor beneficio en el pronóstico está asociado con el progreso
desde la categoría de aptitud física más baja (un esfuerzo pico de 6 METS) a la
categoría proximal más pobre (7 METS).
Varios estudios prospectivos han usado análisis de tablas de longevidad.
Pekkanen et al. (1987), controló 636 hombres finlandeses, con una edad inicial
de 45-64 años, por 20 años. Los hombres que inicialmente fueron más activos
vivieron un promedio de 2.1 años más que aquellos que eran menos activos; esta
ventaja se debió por evitar la muerte cardíaca prematura. Las diferencias de
peso corporal no influyeron en las diferencias de supervivencia. La obesidad
incrementó el riesgo cardíaco, pero todas las causas de mortalidad estuvieron
inversamente correlacionadas con el índice de masa corporal (BMI). Nótese que
las curvas de supervivencia, para aquellos clasificados como activos y
sedentarios, convergieron hacia los 80 años de edad. No esta claro si esta
convergencia refleja un beneficio menor de la actividad física al envejecer los
sujetos, o si refleja patrones convergentes de inactividad con la edad.
Paffenbarger (1990 y 1993), estudió la longevidad del alumnado de Harvard
hasta los 80 y 85 años de edad. La cantidad de muertes registradas en este
primer reporte fue más bien pequeña, pero él estimó que aquellos con una edad
inicial de 35-39 años que tuvieron un gasto recreativo de energía de >8.4 MJ/semana
lograron más de dos años de longevidad, en relación a aquellos con un gasto
energético menor a 2.1 MJ/semana (Paffenbarger, 1988). Comparando aquellos
sujetos con gastos de energía mayores y menores a 8.4 MJ/semana, el beneficio
considerando la edad de 80 años, se estableció en 1.5 años para los de 35-39
años; de todos modos el beneficio de esta misma cantidad de actividad cayó a 0.3
años, para aquellos sujetos del estudio con una edad inicial de 75-79 años (Paffenbarger,
1990).
Un reporte más reciente (Paffenbarger, 1993), estableció la ventaja de un
gasto de energía >8.4 MJ/semana, en mayor proyección de vida en 1.02 años, hasta
los 85 años, para aquellos de una edad inicial de 35-44 años. Practicar deportes
moderados (con una demanda del gasto de energía de por lo menos 4.5 METS), da
una ventaja promedio de 1.3 años.
Morris et al. (1990) hizo un seguimiento de 9 años de más de 9000 empleados
públicos británicos. Observó los ataques coronarios en relación a la frecuencia
de ejercicios vigorosos y no vigorosos, no encontrando una extensión de la
proyección de vida, salvo que la intensidad de la actividad reportada fuera de
al menos 6 METS. Posiblemente, los británicos en promedio fueron más aptos que
el alumnado de Harvard, y así necesitaron un estímulo de mayor ejercitación para
mejorar su salud cardiovascular.
Un seguimiento de 26 años de los Adventistas del Séptimo Día (Linsted et al.,
1991), ofreció información sobre población vegetariana, no fumadora ni bebedora.
Aquí, otra vez la ventaja fue atribuible a una actividad moderada sobre una
actividad estresante, siendo los índices de muerte más bajos en aquellos
inicialmente valorados como moderadamente activos, que en aquellos inicialmente
clasificados como inactivos o altamente activos. La actividad moderada continúa
protegiendo a los sujetos hasta los 80 años de edad, pero una actividad más
intensiva no fue estadísticamente beneficiosa después de los 70 años. Un
entrecruzamiento hacia un pronóstico peor para las 2 categorías de actividades,
ocurrió a los 78 y 95 años respectivamente.
Podemos concluir que la actividad física extiende la proyección de vida si el
ejercicio se comienza a realizar a una edad intermedia, pero que es mucho menor
si no se ha iniciado la actividad hasta una edad avanzada. La intensidad óptima
de intensidad parece ser moderada, más que muy vigorosa, y los estudios de
seguimiento del alumnado de Harvard (Paffenbarger et al., 1993), indican que el
beneficio se pierde si los sujetos no persisten con sus actividades. Más allá de
los 80 años, las curvas de supervivencia aparentemente convergen, y una
actividad física vigorosa en una edad muy avanzada tal vez tenga un efecto
deteriorante sobre la longevidad.
Tendencias seculares en supervivencia
El hecho de que el ejercicio pueda tener efectos positivos o negativos sobre
la supervivencia, dependiendo de la edad del que se ejercita, podría explicar
una parte de la actual tendencia secular a cuadratizar la curva de
supervivencia. Mientras que la expectativa de vida del promedio de los adultos
se ha incrementado constantemente en el presente siglo, ha habido una extensión
pequeña del máximo de la proyección de vida humana más allá de los ocasionales
sujetos con 112-115 años de edad documentados a lo largo de los 3 siglos pasados
(Cutler, 1985). La forma de la curva de mortalidad ha cambiado de exponencial
(típico de Africa 50,000 años atrás) hacia una forma rectangular (Fries, 1980).
Una cuadratura temprana de la curva reflejó la reducción de las muertes
prematuras a causa de enfermedades infecciosas, y una forma aún más cuadratizada
está apareciendo ahora, al tiempo que mayores cantidades de ejercicios y otras
terapias preventivas reducen las muertes prematuras por enfermedades
cardiovasculares. Posiblemente, los efectos negativos del ejercicio más allá de
los 80 años, son manifestaciones de un “envejecimiento programado”
biológicamente, desarrollado a través de algún proceso evolutivo y diseñado para
prevenir superpoblación en el planeta.
Crítica al Incremento de la Longevidad
Los entusiastas del ejercicio, a veces, han considerado una extensión
absoluta de la proyección de vida de 1-2 años como argumento obligado a favor
del ejercicio regular vigoroso. De todos modos, este concejo no es siempre
aceptado por la población en general.
Parte del problema yace en la naturaleza distante de las recompensas
prometidas. Si la retroalimentación va a ser exitosa en el comportamiento
subsecuentemente mejorado, esta debe ser inmediata y estrechamente relacionada
con la performance de la actividad deseada. Por otro lado, una proyección de
vida incrementada parece una recompensa muy distante para los adultos jóvenes.
Ellos se sienten invencibles, y no es muy probable que se impresionen con la
promesa de un retraso de la muerte en dos años, cuando ellos están a una
distancia de 40-50 años de la misma. Están interesados en la calidad de vida
ahora.
El costo de la oportunidad de la actividad propuesta es un problema ulterior;
en órden de incrementar la proyección de vida, una persona debe gastar una parte
importante de algunos de los años agregados, en el gimnasio. Para las personas
que disfrutan del ejercicio, este no es un problema serio, y puede, realmente,
agregar placer a la vida. Pero el tiempo que se consume en esa dirección es un
argumento contrario muy fuerte para una persona a la cual no le gusta la
actividad física. Por eso mucha gente se queja de su “falta de tiempo para
entrenarse regularmente”. Los costos oportunos son particularmente altos si una
persona decide ejercitarse en un centralizado y gran complejo gimnástico.
Debería ser entonces necesario invertir una hora o más en viajar para obtener
una hora de ejercicios. Por eso, una recomendación mucho más efectiva con
respecto a los costos para una persona promedio, es incorporar la actividad
requerida dentro de la rutina diaria (ir caminando al trabajo, en bicicleta al
almacén y usar las escaleras en vez del ascensor).
El tópico sobre Calidad de Vida
Ahora, permítasenos volver a la importante discusión sobre la calidad de
vida. La persona promedio se enfrenta a algunos tipos de incapacidades crónicas
en los 8-10 años finales de su vida, y a menudo, se vuelven totalmente
dependientes en el último año de vida (Canadá Health Survey, 1982). Durante este
período de incapacidad, cualquier cantidad de años agregados de supervivencia
serán, solamente, de pobre calidad.
Desafortunadamente, carecemos corrientemente de una medida simple y buena de
calidad de vida. Un índice (Perfil de Salud de Nottingham) observa 30 items,
incluyendo energía, dolor, reacciones emocionales o afectivas, sueño,
aislamiento social y movilidad física (Hunt et al., 1980). Otros intentan
evaluaciones más globales relativas a una vida de “buena” calidad (Kaplan,
1985). A veces, la gente se pregunta cuántos años de supervivencia ellos podrían
ceder para mejorar su salud corriente. La aceptación de la incapacidad varía
enormemente de una persona a otra. De todos modos, podemos aceptar
intuitivamente que para muchas personas, diez años de supervivencia en una silla
de ruedas podrían ser una oferta equivalente a no más de cinco años de una buena
calidad de vida. En otras palabras, cuando calculamos la perspectiva de
supervivencia de una persona en silla de ruedas, el calendario de supervivencia
debería descontarse por un ajuste del coeficiente de calidad de 0.5.
Un incremento en la calidad de vida es uno de los argumentos más poderosos
para ejercitarse. En contraste con muchos tipos de terapias médicas, el
ejercicio generalmente, fortalece la calidad de vida del participante.
Realmente, mucha gente declara que ellos se ejercitan, principalmente, porque se
sienten mejor.
Dentro del rango de edad de 35-70 años, la persona en buen estado obtiene
beneficios en el estado de ánimo, por la estimulación cerebral y (posiblemente)
por la secreción de aminas y beta endorfinas. Mucha gente también gusta de
fortalecer su autoimagen con una buena figura y músculos firmes, o tal vez
aprecian un vigor mayor y una menor sensación de fatiga cuando se tiene que
llevar a cabo el trabajo físico. La evaluación total de estos beneficios varía
ampliamente de una persona a otra, pero podemos dar por sentado que en promedio,
la calidad de vida mejora en un 10%. Por esto, sobre la extensión de vida de 35
a 70 años, una persona activa gana una expectativa de vida de calidad ajustada
de 35x0.1, o 3,5 años con relación a una persona sedentaria.
No sabemos precisamente, que cantidad de ejercicio podría disminuir la
probabilidad de desarrollo de una incapacidad crónica y la dependencia
correspondiente. A veces, la dependencia aparece por catástrofes médicas, donde
el ejercicio es improbable que sea de una gran ayuda, como lo podría ser en la
aparición repentina de una ceguera. En otras instancias, el problema podría ser
el alejamiento repentino de un apoyo social tal como la muerte del esposo, o el
alejamiento de una persona relativamente joven que brindaba cuidado. La
probabilidad de desarrollar algunas condiciones debilitantes, como un ataque
súbito, se reducen en los sujetos activos, porque factores de riesgo como la
hipertensión están controlados. La participación en un programa de ejercicios,
también puede ofrecer a personas de edad un sistema de apoyo social que puede
contrarrestar el desamparo y mantener la independencia durante cortos períodos
de enfermedad aguda. Pero a menudo la razón más importante para la dependencia
es el deterioro, relacionado con la edad, de las habilidades físicas que han
progresado, al punto de que las actividades cotidianas no pueden ser llevadas a
cabo sin ayuda.
La potencia aeróbica ha disminuido por debajo de un umbral crítico, tal vez a
12-14 ml/kg/min, por eso los intentos de realizar las labores cotidianas produce
una fatiga intolerable. La fuerza muscular no es más suficiente para levantar el
peso corporal desde una silla o un inodoro, o para llevar las bolsas del mercado
o abrir una lata de conservas. La flexibilidad está tan restringida, al punto de
ser imposible el hecho de subirse a un auto, subir algunos escalones, meterse en
la bañadera o vestirse sin ayuda. En cada una de las áreas claves de transporte
máximo de oxígeno, fuerza muscular y flexibilidad, el entrenamiento físico
metódico hará muy poco para disminuir el inevitable proceso intrínseco del
envejecimiento, pero maximizará las funciones potenciales de una persona a
cualquier edad. El entrenamiento puede incrementar el poder aeróbico y la fuerza
muscular, en más de un 20%, aún en una persona anciana. Este es el equivalente
funcional de más de 20 años de envejecimiento; los beneficios resultantes de la
performance hacen una enorme diferencia con respecto a la calidad de vida en los
años finales.
Déjennos suponer que durante 10 años de los 70 a los 80 años de edad, un
programa regular de ejercicios reduce la dependencia y por lo tanto mejora la
calidad de vida, en un promedio de un 30%. Esto representa un beneficio de
10x0.3, o sea 3 años de calidad ajustada de proyección de vida. En el último año
de vida, el beneficio puede ser tanto como un 50% (esto es un beneficio de
1x0.5, o 0.5 años de calidad ajustada). La persona activa por lo tanto disfruta
de una ventaja total de calidad ajustada de expectativa de vida sobre una
persona sedentaria de (3.5+3.0+0.5), o sea 7 años. Nótese que esto es un efecto
mucho más grande que los 1-2 años de extensión de la proyección de vida absoluta
prometida por los análisis de Paffenbarger (1990, 1993).
Son estos sólo cálculos teóricos, o uno puede mostrar una mejor calidad de
vida en la realidad práctica? Shephard y Montelpare (1988), realizaron un
cuestionario a un gran número de ciudadanos adultos con respecto a sus
actividades habituales a la edad de 50 años, y encontraron una relación inversa
entre esta actividad reportada y la extensión del grado de dependencia, para el
ciudadano adulto.
Más recientemente, Grimby et al. (1993), aplicaron el Perfil de Salud de
Nottingham (Hunt et al., 1980), a 233 hombres y 288 mujeres, todos de 76 años.
Energía, dolor, reacciones emocionales y movilidad, fueron todos factores
favorablemente relacionados con los modelos de actividad física. En los hombres
(pero no en las mujeres), el aislamiento social mostró una tendencia similar. De
todos modos el dormir no fue relacionado con el reporte de actividad física.
Conclusiones
Podemos concluir que la actividad física regular puede fortalecer la calidad
de vida, particularmente después de la jubilación. Además, el beneficio en la
calidad de vida será entre 5 y 10 veces mayor que cualquier otro beneficio en
longevidad absoluta. Los beneficios en la calidad de vida se ven inmediatamente,
luego de que una persona comienza a ejercitarse, y tales cambios, por lo tanto
tienen un impacto más grande sobre la motivación de una persona joven que
cualquier promesa vaga de extensión última de la proyección de vida absoluta. En
consecuencia, debemos asignar una alta prioridad a definir y redefinir el
concepto de calidad ajustada de expectativa de vida. Además, deberemos usar este
índice, no sólo en la promoción de la salud, sino también en evaluar todas las
formas de tratamiento. Y si lo hacemos, prontamente lograremos que el ejercicio
ofrezca muchos más grandes beneficios que las terapias alternativas disponibles
para las personas de edad.
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Para citar este artículo en su publicación original: Roy J. Shephard. Ejercicio, Envejecimiento y Calidad de Vida. Proceedings. Resúmenes del 3er Simposio Internacional de Actualización en Ciencias Aplicadas al Deporte. 1994.
Para citar este artículo en PubliCE: Shephard, Roy J. Ejercicio,
Envejecimiento y Calidad de Vida. PubliCE Standard. 27/01/2006.
Pid: 585.