INTRODUCCION
La Actividad Física desde la Prehistoria hasta el Presente
Restos de nuestros primitivos ancestros de forma humana, los Australopithecus
afarensis, datan de 3,5-3,8 millones de años. Cerca de cuatro millones de años
de evolución de la familia humana, Hominidae, produjo la raza humana moderna, H.
sapiens aproximadamente 35.000 años atrás (71). Los primitivos Homínidos eran
recolectores (buscaban lo que había); pero, casi un millón de años atrás, la
caza y la pesca estaban firmemente establecidas como forma de vida para los
seres humanos. Este estilo de vida significaba un gran gasto energético durante
varios días por semana, con series pico de actividad física extenuante (26, 93).
El siguiente cambio principal en el desarrollo sociocultural de la humanidad
fue la domesticación de plantas y animales y el comienzo de la agricultura, lo
que ocurrió hace sólo 10.000 años. Los avances industriales durante los últimos
200 años, llevaron a una mayor urbanización y así al comienzo de la clase media.
Pero, aún durante este período, la mayoría de las personas tenían un gasto
energético relativamente alto, en comparación con el de la sociedad, al final
del siglo 20.
Los requerimientos del gasto energético en los seres humanos han disminuido
durante el transcurso del siglo 20, tendencia que aparentemente se aceleró
durante la era tecnológica, luego de la 2da. Guerra Mundial (92). El aumento del
transporte automotor, la adopción popularizada de actividades sedentarias, y los
aparatos que ahorran el trabajo humano, son los principales contribuyentes de
esta disminución. Las demandas de energía metabólica de los trabajos extenuantes
de antes, tales como la minería, son mucho menores hoy que en el pasado debido a
la mecanización y automatización. Los seres humanos evolucionaron para ser
animales activos y pueden no ser capaces de adaptarse bien al estilo de vida
sedentario de la sociedad moderna. Este punto está bien establecido por Eaton y
cols. (27): “Desde un punto de vista genético los humanos de hoy son cazadores
de la Edad de Piedra, desplazados a través del tiempo a un mundo que difiere de
aquel para el cual nuestra constitución genética fue seleccionada”. Este
argumento teleológico de la selección genético humana y de la necesidad de la
actividad física no prueba que la actividad sea necesaria para la salud, pero
puede ser un punto de partida útil para la siguiente revisión y discusión.
Desarrollo de la Ciencia del Ejercicio
El estudio científico del ejercicio es un desarrollo reciente (62). En la
última parte del siglo XIX los fisiólogos comenzaron a usar el ejercicio para
perturbar los sistemas orgánicos con el propósito de entender mejor el
funcionamiento fisiológico. De hecho, tres fisiólogos del ejercicio, Meyerhof y
Krogh (metabolismo muscular), y Hill (fisiología del ejercicio), han ganado el
premio Nóbel por sus investigaciones (74).
Durante los últimos 70 años, cientos de estudios han documentado el tipo y el
grado de los cambios que ocurren con el entrenamiento físico en el músculo
esquelético, el sistema circulatorio, la función pulmonar, el sistema
cardiovascular, y la función endócrina. Estos estudios han sido realizados en
jóvenes y ancianos, en hombres y mujeres, con diferentes protocolos de
entrenamiento, y bajo diversas condiciones ambientales. Los primeros estudios
generalmente tenían muestras pequeñas, frecuentemente carecían de grupos
control, eran de corta duración, y tenían otras fallas en sus diseños. Estos
defectos han sido corregidos durante los últimos 10-20 años.
Los estudios sistemáticos sobre los efectos de la actividad física sobre la
salud son más recientes, principalmente limitados a los últimos 30-40 años.
Morris y cols. (75-77) tuvieron generalmente, un rol principal en la formulación
de la hipótesis moderna “actividad física-enfermedad coronaria” con sus estudios
con trabajadores transportistas londinenses y, más tarde, con personas civiles
británicas.
Definiciones
Es necesario definir varios términos claves, esenciales al propósito de este
artículo. Nosotros adoptamos las definiciones de Caspersen y cols. (17) para
actividad física, ejercicio, y aptitud física:
1. Actividad física: cualquier movimiento corporal producido
por los músculos esqueléticos que provocan un gasto energético.
2. Ejercicio: movimiento corporal planeado, estructurado, y
repetitivo, realizado para mejorar o mantener uno o más componentes de la
aptitud física.
3. Aptitud física: una serie de atributos que las personas
tienen o adquieren, que se relacionan con la capacidad para realizar una
actividad física.
El componente de la aptitud física, que ha sido más frecuentemente estudiado
en su asociación con la salud, es la potencia aeróbica o, como es medido en el
laboratorio de fisiología, el máximo consumo de oxígeno. Este atributo, también
es llamado capacidad cardiovascular, cardiorrespiratoria, o de resistencia. A
menos que se especifique lo contrario, nosotros usaremos el término aptitud
física para referirnos a la potencia aeróbica. El otro término principal que
necesita ser definido es salud. En este artículo, nosotros tomamos un amplio
espectro de salud, no sólo el que excluye a la enfermedad, sino también al que
incluye a la capacidad de desarrollar actividades de la vida diaria. Los puntos
límites de la enfermedad son frecuentemente utilizados en estudios de actividad
física. Sin embargo, para nuestros propósitos, la definición de salud va más
allá de la exclusión de la enfermedad clínica, para enfatizar sobre la capacidad
funcional o el estado funcional de la salud. Esta última característica incluye
el hecho de evitar la incapacidad funcional, pero también se extiende a mayores
niveles de capacidad funcional. Uno de los efectos mejor documentados de la
actividad física regular es el mayor nivel de aptitud física. Esto permite un
mayor grado de capacidad funcional para participar en un amplio rango de
actividades diarias, sin dificultad y disfrutando de las mismas. La persona
activa es difícil que se fatigue con las actividades rutinarias de la vida
diaria y tiene una mayor capacidad para desenvolverse ante una emergencia, o
para participar de actividades recreacionales intensas.
Propósito de este Artículo
Este artículo hace una revisión de los estudios existentes sobre ejercicio y
de las investigaciones sobre la actividad y la salud física basadas en la
población. Nos concentraremos sobre las potenciales asociaciones etiológicas
preventivas, con poco énfasis sobre los aspectos terapéuticos de la actividad
física sobre la salud y la enfermedad. Nosotros integramos éstas observaciones a
partir de éstos dos frentes de investigación, acuerdos y desacuerdos, y
resumimos los resultados para evaluar cuanta actividad física es necesaria para
mantener la salud. Se discute sobre la epidemiología descriptiva de la actividad
física en los Estados Unidos y sobre la salud pública de un estilo de vida
sedentario; y se presentan recomendaciones sobre la salud pública para la
actividad y la aptitud física.
ESTUDIOS CLINICOS DE EJERCICIO
Ejercicio y aptitud física
Los individuos entrenados tienen mayores niveles de aptitud física, y la
relación entre la actividad y la aptitud, probablemente es conocida desde la
antigüedad. Los atletas y los soldados desde siempre han sido entrenados para
mejorar su capacidad de performance. Los estudios cuidadosamente realizados para
cuantificar el entrenamiento requerido para producir una mejoría en la aptitud
son recientes; en 1957, Karvonen y cols. (55) publicó uno de los primeros
estudios. Docenas de estudios durante los últimos 35 años, han focalizado la
atención en tres principios para la prescripción de ejercicios: intensidad,
frecuencia, y duración (5).
Intensidad
Durante las últimas décadas, la opinión general es que hay una intensidad
mínima de ejercicio requerida para estimular una mejoría en la capacidad física.
El Colegio Americano de Medicina del Deporte (CAMD) fue la primera organización
científica en publicar informes oficiales sobre la prescripción de ejercicios.
Su guía de 1975 propone el 70% del máximo consumo de oxígeno como la mínima
intensidad de ejercicio recomendada para mejorar la aptitud física (4). Estudios
subsiguientes disminuyeron las recomendaciones para el umbral de intensidad, y
la tercera edición del libro del CAMD en 1986 (3) recomienda una intensidad
mínima del 50%. La cuarta edición de 1991 (2), recomienda ejercicio moderado,
definido como el ejercicio entre el 40-60% de la capacidad máxima, por ser
apropiado para muchas personas. Una declaración del CAMD de 1990 sostiene que
“las personas con un bajo nivel de capacidad pueden lograr un efecto
significativo de entrenamiento con…40-50%” de la capacidad (5). Una hipótesis
alternativa del nivel de umbral de intensidad es que la respuesta al
entrenamiento depende principalmente, sino exclusivamente, del gasto energético
total del ejercicio y no de la intensidad. Esta distinción es importante y
necesita una aclaración adicional. Si existe un umbral de intensidad mínima,
este probablemente varía de acuerdo al nivel inicial de capacidad de la persona,
de la duración de sesión del ejercicio, de la longitud del período de
entrenamiento, y quizás de otras características individuales.
Duración
El CAMD recomienda 20-60 minutos de actividad aeróbica continua para cada
sesión de entrenamiento (2, 5). Existe una interrelación entre la intensidad y
la duración en su impacto sobre el cambio en la aptitud. La actividad de baja
intensidad debe ser realizada durante un período más largo que la de alta
intensidad, para tener el mismo efecto sobre el aumento de la potencia aeróbica.
Nuevamente, el gasto energético total de la sesión de ejercicio es,
probablemente, el factor crítico determinante del cambio en la capacidad.
Los investigadores han desafiado la creencia que la actividad aeróbica
continua es necesaria para lograr un efecto en el entrenamiento. Un estudio
reciente se refiere a este tema comparando dos regímenes diferentes de
entrenamiento (21). Un grupo entrenaba cinco días por semana con una sesión
diaria de 30 minutos. El segundo grupo también entrenaba cinco días por semana,
pero en tres sesiones diarias de 10 minutos. Luego de ocho semanas de
entrenamiento los aumentos en la capacidad física fueron similares, sugiriendo
de esta manera, que la acumulación de actividad en el transcurso del día puede
producir un efecto de entrenamiento deseable.
Frecuencia
El CAMD recomienda entrenar de 3 a 5 días por semana (2, 5). La mayoría de
los estudios muestran poco cambio en la capacidad física si se entrena menos de
3 veces semanales, a menos que el ejercicio sea bastante intenso. Y entrenar más
de 5 veces no produce un mayor mejoramiento de la capacidad que entrenando 5
días por semana (5).
Efectos fisiológicos del ejercicio agudo y crónico
Los potenciales efectos beneficiosos del ejercicio agudo y crónico sobre la
aptitud física han sido intensamente investigados durante los últimos años. Los
estudios existentes clínicos y en laboratorio, han documentado una amplia gama
de beneficios, incluyendo adaptaciones metabólicas, hormonales, y
cardiovasculares que son evidentes tanto en reposo, como durante y luego de
esfuerzos máximos y submáximos (14). El ejercicio agudo y crónico también reduce
la ansiedad y la depresión y tiene un impacto positivo sobre otras
características psicológicas, tanto en personas normales como en aquellas con
patologías clínicas (99). En esta sección, nosotros solamente puntualizamos los
beneficios fisiológicos claves que, en teoría, contribuyen a reducir el riesgo
de mortalidad, especialmente por enfermedades cardiovasculares y cáncer.
Mejoramiento del balance entre la demanda y el aporte de oxígeno cardíaco
El requerimiento del oxígeno cardíaco durante el ejercicio está determinado
por una variedad de factores, de los cuales el más importante está reflejado por
el producto frecuencia-presión (esto es, el producto entre la frecuencia
cardíaca y la presión sanguínea sistólica) (2). Debido a que este producto
aumente en forma lineal durante un ejercicio progresivo, también lo hace la
demanda de oxígeno. Luego del entrenamiento, el producto provocado por una
determinada intensidad submáxima, en general es sustancialmente disminuido
(117). Esto permite que una actividad física específica sea realizada con una
menor demanda de oxígeno, y por lo tanto, con un menor riesgo de isquemia.
Actualmente, no existe una evidencia directa que el ejercicio provoque la
formación de colaterales coronarias, y probablemente este tema no se resolverá
hasta que se desarrollen técnicas más sofisticadas para la evaluación de la
colateralización coronaria y sean utilizadas en estudios clínicos para el
entrenamiento (56). Sin embargo, hoy en día hay evidencia de que el
entrenamiento puede, de hecho, mejorar el aporte y/o utilización de oxígeno (29,
56).
Hipertrofia ventricular excéntrica
La hipertrofia del miocardio es un mecanismo de adaptación que se desarrolla
en respuesta al aumento del llenado hemodinámico del corazón. De acuerdo a la
naturaleza específica de tal llenado, el aumento resultante en la masa cardíaca
está asociado con las alteraciones características en el volumen de las
cavidades cardíacas y en el grosor de sus paredes. Como una respuesta adaptativa
a la sobrecarga en el volumen del ventrículo izquierdo, el entrenamiento
dinámico, a menudo produce un aumento en el grosor de la pared ventricular
izquierda. Se cree que esta hipertrofia excéntrica está asociada con un aumento
en la vascularidad de miocitos, que está en proporción al grado de hipertrofia
de los miocitos en sí, y por lo tanto mejora la función cardíaca y asegura la
salud de los mocitos (123). La función del ventrículo izquierdo es un
determinante principal en el riesgo de mortalidad, luego de un infarto agudo de
miocardio. Debido a que las personas con hipertrofia excéntrica pueden sufrir
relativamente un menor daño en la función del ventrículo izquierdo, para una
cantidad determinada de daño en el miocardio, Ekelund y cols. (31) formularon la
hipótesis que estas personas tienen mayores chances de sobrevivir a un infarto
de miocardio.
Reducción en el riesgo de arritmias ventriculares letales
Noakes y cols. (81) mostraron que el corazón de ratas entrenadas tenía una
menor propensión para la fibrilación ventricular durante la normoxia, hipoxia, e
isquemia aguda regional de miocardio. Además, ellos demostraron que el
entrenamiento aumenta el umbral de fibrilación ventricular en el corazón de
ratas, previamente infartadas, antes y después del comienzo de un nuevo infarto
(96). Estas observaciones implican que el ejercicio regular, antes o después de
un infarto agudo de miocardio, puede actuar directamente sobre el mismo para
mejorar su resistencia a arritmias ventriculares letales. A pesar de que para
sustanciar ésta hipótesis se necesitan más estudios con seres humanos, esto es
compatible con las observaciones de los meta-análisis, que demuestran que la
rehabilitación cardíaca protege contra la mortalidad (que está mayormente
relacionada con arritmias ventriculares letales), más que contra una recidiva de
infarto (82, 83); y también lo es con los estudios epidemiológicos que asocian
al estilo de vida físicamente activo con una reducción en el riesgo de una
muerte cardíaca súbita (76, 84).
EFECTO FAVORABLE SOBRE LA COAGULACION SANGUINEA
Se cree que la oclusión total de una arteria coronaria como resultado de una
formación trombótica en el sitio de una estenosis aterosclerótica, es el evento
precipitante final en más del 90% de los infartos agudos de miocardio. A pesar
de que se han reportado observaciones enfrentadas y que aún se necesitan más
investigaciones, se piensa que el ejercicio reduce la adherencia y el estado de
agregación de plaquetas sanguíneas (30, 101). Por otra parte, mientras que la
inactividad física parece disminuir la fibrinólisis, el entrenamiento tiende a
aumentarla moderadamente (30), lo que es favorable para el organismo.
Mejoría en el perfil de lípidos y lipoproteínas plasmáticas
La Tabla 1 presenta un resumen del efecto del ejercicio agudo y crónico sobre
los lípidos y lipoproteínas plasmáticas. De estos beneficios, quizás el más
relevante es el aumento del colesterol-lipoproteína de alta densidad (HDL). En
general, una sola serie de ejercicio de duración moderada, en el largo plazo
provoca un aumento de 4-6 mg/dl en los niveles de colesterol HDL en hombres y
mujeres (41). Estudios recientes realizados por Hughes y cols. (51, 52) sugieren
que a pesar que la intensidad del ejercicio no parece modificar
significativamente, el impacto agudo del ejercicio aeróbico sobre los niveles de
colesterol HDL en los hombres, si lo hace la duración del mismo. En su estudio,
el aumento de los niveles de colesterol HDL plasmático, 24 horas después de una
serie de ejercicios realizados con un consumo de oxígeno 20% inferior al umbral
anaeróbico, fue mayor cuando la duración del ejercicio fue de 45 minutos, en
comparación con 30 minutos (52).
Del mismo modo, a pesar que no todos los estudios están de acuerdo, los
resultados muestran en general un incremento del 5-15% en los niveles de
colesterol HDL plasmático luego de un entrenamiento crónico (41). En los
hombres, tales incrementos parecen estar directamente relacionados, tanto con la
intensidad del ejercicio como con la cantidad total de gasto energético semanal
(126). En las mujeres, un estudio reciente llevado a cabo en el Instituto de
Investigaciones Aeróbicas sugiere que un entrenamiento con intensidades
moderadas, realizado aproximadamente al 55% de la máxima frecuencia cardíaca
puede ser tan efectivo para incrementar los niveles de colesterol HDL como un
entrenamiento con mayores intensidades (25).

Tabla 1. Resultados de estudios que investigan la relación entre el
entrenamiento aeróbico y los niveles de lipoproteínas (a, b). a ↓= Generalmente,
se encontró una disminución; ↑= Generalmente, se encontrón un aumento;→ ↓=
Generalmente, no se observó ningún cambio o disminución. b Reproducido con
permiso de la ref. 41.
Reducción del riesgo de hipertensión y disminución de altos valores de
tensión arterial
Los estudios epidemiológicos han documentado una reducción en el riesgo del
desarrollo de la hipertensión en personas físicamente activas (42). Varios
estudios también han demostrado que las presiones sanguíneas de pacientes
hipertensos son reducidas, durante una a tres horas, luego de una simple serie
de 30-45 minutos de ejercicio aeróbico (42). Además, un meta-análisis reciente
con 25 estudios longitudinales, ha confirmado la eficacia del entrenamiento
aeróbico en la disminución de la presión sanguínea sistólica y diastólica (43).
El promedio de reducciones en las muestras de este meta-análisis fue de 10,8 y
8,2 mmHg, para las presiones sistólica y diastólica, respectivamente.
Notablemente, en los estudios incluidos en el meta-análisis, los ejercicios de
intensidad moderada parecieron ser tan efectivas-sino más-que los de
intensidades más altas.
Mejoría en la sensibilidad a la insulina
Las observaciones del estudio de Framingham indican que la incidencia de
enfermedades cardiovasculares entre individuos con diabetes mellitus es,
aproximadamente, dos a tres veces mayor que en personas normoglucémicas (53).
Una investigación reciente mostró, además, que la insulina mejora la
proliferación de las células arteriales de los músculos lisos y estimula la
lipogénesis en el tejido arterial (34). No es sorprendente, que la
hiperinsulinemia también esté ligada a un riesgo acentuado de infarto agudo de
miocardio, aún en hombres no diabéticos (24).
En forma aguda, una sola serie de ejercicio aeróbico submáximo aumenta la
sensibilidad insulínica en el músculo esquelético y en otros tejidos. Por lo
tanto, tal ejercicio, a menudo, provoca una disminución en los niveles de
glucosa sanguínea en pacientes con diabetes mellitus insulino, o no insulino-dependientes
(122). Esta mejoría, inducida por el ejercicio, en el metabolismo de la glucosa
puede persistir durante horas y días, y se piensa que es modulada por un
incremento en el número de transportadores de glucosa de la membrana celular,
así como por un incremento en la actividad intrínseca de estos transportadores
(59).
Con un entrenamiento crónico, el control glucémico también mejora en personas
que tienen diabetes no insulino-dependiente y, en menor grado, en aquellas
personas que si dependen de insulina (122). Sin embargo, como es en parte, el
mismo efecto beneficioso sobre las lipoproteínas plasmáticas y con la tensión
arterial, aún no está claro si tales mejoras son, en gran medida, debidas a los
efectos acumulativos de las series individuales agudas de ejercicio, más que a
un cambio de aptitud en sí, mediado por el entrenamiento (122).
Reducción de la obesidad y mejoría en la distribución de la adiposidad
corporal
La restricción calórica a través de la dieta, en combinación con el gasto
calórico mediado por el ejercicio regular, parece ser el modo más efectivo de
prevenir la obesidad y mantener un peso corporal ideal. Este enfoque, en
comparación con la dieta sola, preserva mejor la masa magra y puede estar
ligado, posiblemente, con cambios crónicos favorables en la tasa metabólica
basal (35, 94, 120). El ejercicio regular, también puede estar asociado con
beneficios en cuanto a la mantención y a la estabilidad de la pérdida de peso
(57). Estudios recientes han muchas de las consecuencias adversas de la obesidad
pueden estar más cercanamente relacionadas con la distribución de la grasa
corporal, que con la cantidad de la misma (8). Desde luego, los individuos con
más grasa en el tronco, especialmente grasa intraabdominal, tienen un mayor
riesgo de muerte que los individuos que son igualmente obesos, pero cuya grasa
está predominantemente en las extremidades (8). A pesar de ser necesarios más
estudios, el ejercicio regular parece ser capaz de provocar cambios favorables
en la distribución de la grasa corporal (23). En realidad, estudios preliminares
sobre el entrenamiento sugieren una movilización preferencial de la grasa
subcutánea del tronco, en comparación con la grasa subcutánea periférica (23).
Mejoría en la función inmunológica.
En vista de la evidencia existente que la actividad física disminuye los
riesgos de cáncer de colon (especialmente en los hombres) y los cánceres de
pecho y de los órganos reproductivos en las mujeres, junto con la reconocida
importancia del sistema inmunológico en la defensa orgánica contra la neoplasia,
es entendible por qué la inmunología del ejercicio es actualmente un área de
interés en la investigación (15, 108). A pesar de que tanto el ejercicio agudo
como crónico han sido asociados con consecuencias inmunológicas potencialmente
beneficiosas, la hipótesis de que una mejoría de la inmunovigilancia inducida
por el ejercicio contribuye a la disminución del riesgo de cáncer, es
actualmente controvertida, y necesita una considerable investigación futura. En
realidad, muchos expertos creen que el mecanismo por el cual la actividad física
regular puede proteger contra ciertos tipos de cáncer, es de naturaleza no
inmunológica (15, 108). Es posible que tales mecanismos no inmunológicos
incluyan una reducción del tiempo de tránsito intestinal, en el caso del cáncer
de colon (61), y alteraciones hormonales (por ejemplo, disminución de los
niveles de estrógenos y consecuentemente, menos estimulación de los órganos), en
el caso de los cánceres de pecho y de los órganos reproductivos (15, 108).
Resumen sobre los estudios clínicos sobre el ejercicio.
Los estudios clínicos confirman que el ejercicio ejerce influencia sobre
muchos sistemas y funciones orgánicas. Se han identificado varios efectos
posiblemente saludables del ejercicio. Algunos de estos efectos son respuestas
agudas a una simple sesión de ejercicio; otros surgen de adaptaciones crónicas
al entrenamiento.
ESTUDIOS EPIDEMIOLOGICOS SOBRE ACTIVIDAD O APTITUD FISICA Y
SALUD
Enfermedades cardiovasculares
El aumento en el riesgo de enfermedades causadas por un estilo de vida
sedentario ha sido evaluado en más estudios epidemiológicos que para cualquier
otra enfermedad combinada, y las enfermedades coronarias (CHD) son, por lejos,
las enfermedades cardiovasculares más frecuentemente estudiadas. Hasta el
presente se disponen de numerosos trabajos de revisión sobre el riesgo de las
CHD asociadas con hábitos sedentarios; en 1987, Owell y cols. (97) publicaron
uno de los trabajos de revisión más completa. Como ya se ha establecido que los
hábitos sedentarios están casualmente relacionados con el aumento en el riesgo
de CHD, nosotros no revisaremos este tema en detalle.
Hipertensión
Los estudios cross-seccionales muestran menores tensiones sanguíneas en
personas activas que en sedentarias (19, 40). La magnitud de diferencias en la
tensión sanguínea entre los grupos activos, es modesta; normalmente menor a 10
mmHg para la presión sistólica y 5 mmHg para la diastólica. Esta asociación
parece ser independiente de las potenciales variables confrontadas, tales como
grasa corporal, ingesta de alcohol, historia familiar de hipertensión, y edad.
Sin embargo, la actividad no parece normalizar la presión arterial en todas las
personas hipertensas (43).
Un estudio epidemiológico prospectivo el cambio de la aptitud física en
relación al cambio de la presión sanguínea (10). Un total de 753 hombres de
mediana edad fueron seguidos durante un promedio de 1,6 años, cuya aptitud
física fue evaluada al comienzo, y durante exámenes posteriores a través de un
test ergométrico de esfuerzo máximo. Los incrementos en la aptitud y las
disminuciones del peso corporal fueron asociados con las disminuciones de las
presiones sistólicas y diastólicas. La asociación entre el cambio de aptitud y
el cambio de presión sanguínea desapareció en los modelos de regresión múltiple,
cuando se agregó el cambio en el peso corporal. Por lo tanto, el efecto del
cambio en la aptitud física sobre la presión sanguínea estuvo mediado, en gran
medida, por los cambios en el peso. Hay dos estudios prospectivos sobre hábitos
sedentarios o bajos niveles de aptitud física, con riesgo de desarrollar
hipertensión diagnosticada por el médico. Ambos estudios siguieron a grandes
grupos [14998 estudiantes de Harvard (90), y 4820 hombres y 1219 mujeres de la
Clínica de K. Cooper (11)], durante un período de hasta 12 años. Ningún
participante era hipertenso al momento de comenzar el estudio. El riesgo de
desarrollar hipertensión diagnosticada por el médico durante el seguimiento fue
el 35% mayor en los estudiantes sedentarios, en comparación con los activos, y
el 52% mayor en los pacientes no entrenados, en comparación con los entrenados,
en la Clínica de K. Cooper. Estos resultados no fueron debidos a factores tales
como la edad, el cigarrillo, la historia familiar de hipertensión, o la
composición corporal.
Ataque cardíaco
Sólo hay unos pocos informes epidemiológicos acerca de la actividad o aptitud
física sobre la incidencia de ataque cardíaco, y las observaciones son
equívocas. Los resultados de estos estudios se muestran en la Tabla 2. Un
problema en la interpretación de estos datos es que la mayoría de estos estudios
no distingue entre ataque hemorrágico y no hemorrágico (tromboembólico).
Nosotros podemos, razonablemente, pensar que la actividad física podría tener un
impacto sobre ataques no hemorrágicos, ya que esta enfermedad parece tener un
mecanismo patogénico similar al atribuido a la CHD, estando la actividad y
aptitud, inversamente relacionadas a la CHD. La actividad y aptitud físicas
podrían afectar el riesgo de ataque hemorrágico indirectamente, vía una
asociación con la presión sanguínea, pero la asociación, si está presente,
parecería ser débil. La incidencia de ataques en el estudio con los alumnos de
Harvard muestra una pendiente inversa de la correlación con la actividad física
en tiempo libre, expresada en kcal/semana de gasto (86). Las actividades
relacionadas con el trabajo muestran una relación en forma de U con los ataques
entre trabajadores ferroviarios italianos. Los trabajadores en actividades,
tanto sedentarias como intensas, tienen un elevado riesgo relativo del 2.2, en
comparación con trabajadores del grupo de actividades moderadas (73). Nosotros
consideramos que la posible relación entre actividad o aptitud, y ataque sea
probable, pero no está establecida. Como se evidencia en la Tabla 2, los
problemas en la interpretación provienen de definiciones variadas de actividad
física (tiempo ocupacional/libre, estimación de tiempo de vida versus un momento
determinado), de los resultados, y de las diferencias en las poblaciones motivo
de estudios.

Tabla 2. Resumen de estudios que evalúan la relación entre actividad
física y ataques cardíacos. Nota: CI= intervalo de confianza.
ENFERMEDAD VASCULAR PERIFERICA
Si una forma de vida activa reduce el riesgo de la enfermedad coronaria
aterosclerótica, también podría afectar la enfermedad aterosclerótica
periférica. Los investigadores del Estudio del Corazón de Framingham examinaron
la incidencia en 14 años, de la enfermedad en las arterias periféricas a través
del índice de actividad física, al comienzo del estudio en hombres entre 35 y 64
años de edad (54). Los análisis divariados y multivariados no mostraron relación
entre la actividad y la enfermedad en las arterias periféricas.
Cáncer
Casi 70 años atrás, los investigadores notaron que las tasas de muerte por
cáncer entre los hombres clasificados por tareas ocupacionales, estaban
inversamente relacionadas con el gasto energético de la actividad muscular (18,
109). Más recientemente, se ha acumulado evidencia de que la actividad física
puede proteger contra el cáncer de colon, pero no de recto (1, 38, 39, 61, 95,
107, 110, 121, 125, 127).
La evaluación de la actividad física en un corto período de tiempo, puede no
reflejar la actividad durante un largo tiempo, y esta actividad de largo plazo
puede ser importante para enfermedades tales como el cáncer, que tienen un
prolongado período de desarrollo. Se obtuvieron dos evaluaciones de la actividad
física (1962 o 1966 y 1977) en 17.148 alumnos de Harvard que fueron seguidos,
prospectivamente, en la ocurrencia de cáncer de cólon o de recto en 1988 (67).
Mayores niveles de actividad física, que fueron evaluados utilizando
solamente los exámenes realizados, no estuvieron asociados con el riesgo de
cáncer de cólon. Sin embargo, los alumnos que eran altamente activos (gasto
energético de 2500 kcal o más por semana) en ambas evaluaciones, tuvieron la
mitad del riesgo de desarrollar cáncer de cólon que aquellos que eran
sedentarios (menos de 1000 kcal por semana) en ambas evaluaciones. Por lo tanto,
o son necesarios altos niveles de actividad física en forma consistente, para
proteger contra el cáncer de cólon, o la combinación de las dos evaluaciones
aumenta la precisión de la medición del ídem actividad física. No se observaron
evidencias que mayores niveles de actividad protejan contra el cáncer de recto.
Los estudios clínicos y de laboratorio han sugerido el rol de la testosterona en
el desarrollo del cáncer de próstata. El ejercicio puede tener efectos
fisiológicos sobre la producción y utilización de las hormonas sexuales. Estos
mismos alumnos de Harvard fueron seguidos, con control de la incidencia de este
cáncer, en el mismo período de 26 años (68). A pesar de que los hombres que eran
altamente activos (gastaban 4000 kcal/o + por semana, en ambas evaluaciones)
tuvieron un menor riesgo de cáncer de próstata, no hubo una respuesta en declive
de protección a menores niveles de gasto energético, y estas observaciones
necesitan ser repetidas.
De manera similar, las observaciones que sugieren un menor riesgo de cáncer
de pecho entre las mujeres deportistas en comparación con las no deportistas
(36), están basadas en muestras pequeñas y deben ser interpretadas con
precaución. Además, este estudio particular está basado en entrevistas con
mujeres que han sobrevivido a este cáncer, y las influencias en el criterio de
selección de las mujeres o de supervivencia no pueden ser excluidos en la
interpretación de los resultados. La aptitud física, evaluada como la máxima
tolerancia al ejercicio a través de un test en cinta ergométrica, está
inversamente asociada con la mortalidad por cáncer en el Estudio Longitudinal
del Centro Aeróbico Cooper (12). Hubo 64 muertes por cáncer en 10, 224 hombres y
18 en 3120 mujeres, los que fueron seguidos durante un promedio de ocho años
(sobre un total de 110.482 personas/años de observación). Las tasas de muerte
por cáncer, ajustadas por la edad, por 10.000 personas/años de observación,
considerando categorías bajas, moderadas, y altas de capacidad físicas, fueron
de 20, 7, y 5 en los hombres; en tanto fueron de 16, 10, y 1 en las mujeres,
siendo estas tendencias estadísticamente significativas. El número de muertes en
este estudio es relativamente pequeño, hasta este momento, e imposibilita una
evaluación de la asociación entre la aptitud física y las muertes por cáncer en
sitios u órganos específicos. Todos los pacientes en el análisis estaban
aparentemente sanos al comienzo del mismo: las personas con una historia o
evidencia de varias enfermedades crónicas fueron excluidas. Sin embargo, algunos
individuos, probablemente, tenían un cáncer subclínico ya presente en ese
momento. La enfermedad no detectada podría causar debilidad y hábitos inactivos
y resultar en menores niveles de aptitud. Por lo tanto, parte de la asociación
entre aptitud y mortalidad por cáncer pudo haber sido debida al cáncer, que
causó menores niveles de capacidad. Sin embargo, la pendiente inversa de
mortalidad por cáncer entre los grupos activos es llamativa y necesita
investigación adicional.
Diabetes (diabetes no insulino-dependiente-DMNID)
La diabetes mellitus no insulina-dependiente (DMNID), que afecta a 10-12
millones de personas de 20 años o más, es una patología compleja caracterizada
por un incremento en la resistencia insulínica y una secreción alterada de la
misma. Esta patología conduce a un aumento en el riesgo de CHD y a otras
complicaciones vasculares, como enfermedad vascular periférica, enfermedad renal
y ceguera (22, 28, 80). Junto con un adecuado control del peso corporal y una
dieta prudente, la actividad física es comúnmente recomendada en el tratamiento
de la DMNID (50, 80, 106, 128), pero ha sido poco estudiada en la prevención o
retraso de los efectos de esta enfermedad. Ciertas líneas indirectas de
evidencia apoyan la idea que la actividad física disminuye el riesgo de DMNID.
Por ejemplo, las sociedades físicamente activas tienen menos DMNID que las
sociedades más sedentarias (7, 26, 124); cuando las poblaciones se vuelven menos
activas, la incidencia de esta enfermedad ha aumentado consistentemente. La
actividad física aumenta la sensibilidad de la insulina (103, 112), y el
ejercicio de resistencia regular induce a una pérdida de peso y a cambios
positivos en el metabolismo de la glucosa (59, 100). La actividad física también
ha sido inversamente asociada con la prevalencia de diabetes en varios estudios
cross-seccionales (37, 58, 78, 116).
En un estudio prospectivo con alumnos de la Universidad de Pennsylvania se ha
demostrado una evidencia directa del rol protector de la actividad física contra
la DMNID (47, 89). Utilizando cuestionarios por correo, los patrones
contemporáneos de actividad física y otros hábitos de vida fueron examinados en
relación a la incidencia de DMNID en 5990 hombres; esta enfermedad se desarrolló
en 202 de estos hombres, en 15 años de seguimiento.
La actividad física en tiempo libre, expresada en kilocalorías (kcal) al
caminar, subir escaleras, y realizar actividades recreacionales, estuvo
inversamente relacionada con el desarrollo de la DMNID. Las tasas de incidencias
disminuyeron a medida que el gasto energético aumentaba, desde menos de 500 a
más de 3500 o más kcal/semana. Por cada incremento en el gasto energético de 500
kcal, la diabetes se reducía cerca del 6%, y esta relación inversa persistía
cuando se consideraba la composición corporal, el peso ganado desde que se
comenzó la Universidad, la historia de hipertensión, y la historia familiar de
diabetes. El efecto protector de la actividad física era más fuerte con juegos
deportivos moderados a intensos. El efecto también era fuerte en individuos
considerados con un mayor riesgo de DMNID, ya que en ellos eran obesos para su
estatura o hipertensos o tenían una historia familiar de diabetes.
Este estudio entre alumnos universitarios apoya el concepto que se puede
lograr la prevención o la demora de la DMNID incrementando la actividad total, y
que las actividades más intensas (natación, ciclismo, pedestrismo, etc.) pueden
inducir a un efecto más fuerte que las actividades moderadas.
Osteoartritis
La osteoartritis es un problema principal de salud pública en los Estados
Unidos (79), y a algunos investigadores se muestran preocupados ya que el
ejercicio intenso puede aumentar el riesgo del desarrollo de la enfermedad. El
título de una reciente editorial en el Periódico de Medicina Interna (Journal of
Internal Medicine), “Pedestrismo-para un corazón saludable y una cadera
deteriorada?”, expresa una común preocupación que el ejercicio pueda aumentar el
riesgo de osteoartritis (32). Los estudios cross-seccionales no muestran
diferencias en la prevalencia de osteoartritis entre corredores y los grupos
control (64, 91). Un estudio de dos años de seguimiento realizado por Lane y
cols. (63) también muestra tasas de progresión similares para la osteoartritis
entre corredores y el grupo control.
Un análisis preliminar de los datos en el Estudio Longitudinal del Centro
Aeróbico no muestra un incremento en la osteoartritis en la cadera o rodilla en
los distintos niveles de exposición al pedestrismo (13). La incidencia de
osteoartritis en seis años, en un grupo de 1039 mujeres y 4429 hombres, fue más
alta en los sujetos mayores y más obesos. Pero no fue mayor en sujetos que
habían corrido más millas en sus vidas, o que habían corrido durante más años, o
que habían corrido más millas durante el año anterior al inicio del estudio. A
pesar que la competencia selección/protección no puede ser desentrañada en estos
primeros datos, las indicaciones disponibles sugieren que ni el pedestrismo ni
el “jogging” están asociados con un incremento en el riesgo de osteoartritis en
la cadera o rodilla.
Osteoporosis
La osteoporosis, y el riesgo asociado de fracturas, también es un problema
principal de salud pública, especialmente para las personas mayores. El pico de
masa ósea se consigue siendo joven, probablemente durante la segunda o tercera
década de vida (111). Una gradual disminución de la densidad mineral ósea ocurre
a través de la mediana edad, y se acelera en forma marcada, en las mujeres luego
de la menopausia, especialmente durante los primeros cinco años de la
postmenopausia (111). Durante los últimos años se han llevado a cabo numerosos
estudios sobre la relación de la actividad física con la densidad mineral ósea.
Dos estudios de revisión (111, 119) proveen un excelente resumen de estos
informes. La investigación actual sostiene unas pocas conclusiones generales.
Claramente, el hueso responde al stress físico del ejercicio. Es probable, que
la actividad física regular eleve el pico de masa ósea en mujeres jóvenes, puede
ser que retarde la disminución de la densidad mineral ósea en mujeres de mediana
edad y mujeres mayores, y puede incrementar esta densidad en pacientes con
osteoporosis declarada (111). Se necesita mucha investigación adicional para
clarificar el tipo y la cantidad específica de ejercicio que más eficazmente
promueva la salud ósea en las distintas etapas de la vida. Hay muy pocos
estudios con hombres, y éste vacío también necesita de una respuesta. Aún no
está del todo claro cómo la actividad física y otras intervenciones que se sabe
o se sospecha son efectivas, como la suplementación de calcio o la terapia de
reemplazo de estrógenos, pueden interactuar para promover o mantener la salud
ósea. La actividad física regular puede brindar beneficios más allá de un
impacto directo sobre la densidad mineral ósea. Las personas activas tienen una
mayor masa muscular y son más fuertes, lo que podría reducirles el riesgo de
caer o protegerse contra las fracturas cuando se producen éstas caídas. Sorock y
cols. (113) reportan una reducción en el riesgo de fracturas (riesgo relativo=
0,41 en hombres y 0,76 en mujeres) en individuos activos en comparación con
sedentarios.
Discapacidad músculo-esquelética
Las patologías músculo-esqueléticas son comunes, especialmente en las
personas mayores. Estas patologías pueden contribuir a la incapacidad para
realizar actividades rutinarias o al riesgo de caídas. La alta prevalencia de la
discapacidad relativa en personas mayores está manifestada por problemas para
caminar, realizar tareas domésticas, y desarrollar actividades personales (20).
Las caídas son el principal problema de salud de los mayores. La etiología de la
caída es compleja, y múltiples factores son identificados como posibles causas;
pero, las limitaciones en la función músculo-esquelética, tales como bajos
niveles de fuerza muscular, balance, y flexibilidad, pueden ser contribuyentes
importantes (118). Los corredores reportan pocas limitaciones en las actividades
rutinarias y bajos niveles de incapacidad en comparación con el grupo control
(65). La disfunción muscular y los problemas con la movilidad están fuertemente
asociados con bajos niveles de fuerza muscular (33). Además, aún los ancianos
(86-96 años) mejoran la fuerza muscular con un programa de entrenamiento de
fuerza de ocho semanas (33); en realidad, se notaron promedios de ganancia en
fuerza del 175%. Los incrementos en la fuerza también estuvieron asociados con
mejorías objetivas en los tests de movilidad. Hasta el presente, los datos son
limitados, y se necesitan más estudios, incluyendo investigaciones de
intervención, para evaluar el posible impacto del aumento de la actividad física
sobre la incidencia de las patologías músculo-esqueléticas. Sin embargo, las
personas mayores en particular, son claramente susceptibles de sufrir
incapacidades relativas, disminución en la función, caídas, y desórdenes
músculo-esqueléticos específicos; algunos de estos problemas pueden ser debidos
a una pérdida progresiva de la función músculo-esquelética, causada por décadas
de un estilo de vida sedentario. Las investigaciones futuras deben poner énfasis
en cuantificar los niveles de actividad y aptitud requeridos para prevenir la
disfunción, y en los programas de intervención apropiados y aceptables para
restaurar la función.
Resumen de estudios epidemiológicos
Relación dosis-respuesta
La mayoría del público general y muchos profesionales de la salud creen que
el ejercicio regular es un hábito de salud importante. Durante las últimas dos
décadas, los científicos del deporte han promovido un enfoque basados en
evidencias de investigación para la prescripción del ejercicio que especifíca su
intensidad, duración, y frecuencia (2-5). Estas recomendaciones están basadas en
numerosas series controladas de entrenamiento que han caracterizado la forma de
la relación dosis-respuesta de ejercicio, en mejorías a corto plazo de la
capacidad física.
La prescripción de ejercicios enfatiza actividades relativamente intensas,
que utilicen los grandes grupos musculares, que duren al menos 20 minutos, y que
sean realizados como mínimo tres veces por semana.
Esta dosis de ejercicios o actividades físicas fue adoptada por el Jefe de
Sanidad de los Estados Unidos para plantear los objetivos de salud de 1990 (98).
Muchas campañas de educación pública, libros, y artículos han presentado este
enfoque de prescripción de ejercicios como un consejo para el público. Nosotros
creemos que estas actividades han llevado tanto al público como a los
profesionales de la salud a adoptar un punto de vista dicotómico del ejercicio.
Es decir, a menos que una persona logre la prescripción de ejercicio
especificada, no hay beneficios o respuestas al programa de entrenamiento. En
nuestra opinión que este es un punto de vista incorrecto, especialmente en
términos de los efectos de la actividad física sobre la salud.
En la Figura 1 se presenta la relación entre varios niveles de actividad
física o aptitud física, y mortalidad, a partir de cinco estudios prospectivos
recientes. Estos estudios indican que hay un gradiente del riesgo entre los
niveles de actividad o aptitud, y que los niveles moderados de actividad o
aptitud están asociados con reducciones importantes y clínicamente
significativas en el riesgo. Esta observación se opone al concepto ampliamente
sostenido de umbral, el que afirma que no hay beneficios de la actividad física
hasta que sea alcanzado el nivel de prescripción de ejercicio, y que hay mayores
mejorías con niveles más altos del mismo.

Figura 1. Las tasas de enfermedad coronaria, enfermedad cardiovascular, o
mortalidad por causas generales, están graficadas sobre el eje vertical. El eje
horizontal indica la exposición a varios niveles de actividad o aptitud física.
La Figura está constituida con datos tomados de cinco estudios epidemiológicos
prospectivos: A (69); B (75); C (87); D (31); E y F (12). Las tasas de los
diferentes paneles no pueden ser comparadas directamente, debido a diferentes
metodologías, objetivos, y poblaciones en estudio.
La Figura 2 ilustra una curva idealizada de beneficio (línea sólida), ante el
incremento de los niveles de actividad o aptitud física basada en estudios
actuales, y una segunda curva hipotética (línea punteada) que probablemente
representa la opinión prevalerte del público y de los profesionales de la salud.
La relación dosis-respuesta indicada por los cinco estudios representa una
buena noticia para los individuos sedentarios. Ellos pueden tener la esperanza
que un programa moderado de actividad física les resulte, probablemente, en
algunos beneficios importantes para la salud. El mensaje de salud pública
debería ser “realizar algo de actividad física es mejor que no hacer nada”. O
sea, un poco es mejor que nada, y, hasta un cierto punto, más es mejor que
menos. El nivel moderado de aptitud física que está asociado con tasas de muerte
mucho menores, que con los niveles bajos de aptitud física en el Estudio
Longitudinal del Centro Aeróbico (12), puede ser logrado relativamente con poca
actividad. Una caminata acelerada de 2 millas en 30-40 minutos (3-4/mph)
realizada la mayoría de los días, podría ser suficiente para producir los
niveles moderados de aptitud definidos en este estudio. Una reciente serie
clínica aleatoria, sugiere que tres caminatas de 10 minutos durante el
transcurso del día tienen casi el mismo impacto sobre la capacidad física que
una caminata de 30 minutos (21). Por lo tanto, las recomendaciones de ejercicio
pueden enfatizar la acumulación de 30 minutos de caminata (o el gasto energético
equivalente, en alguna otra actividad) en el transcurso del día, como
suficientes para obtener importantes beneficios funcionales y sobre la salud.
Este enfoque puede resultar menos intimidatorio y más fácil de seguir que la
prescripción de una sesión de ejercicio continuo, y debería ser considerado para
los programas de intervención (9, 46). Una caminata de cinco minutos luego del
desayuno y antes de la cena, una caminata de diez minutos antes o después del
almuerzo, y unos pocos minutos de subir y bajar escaleras a lo largo del día,
provocaría la acumulación de una dosis de actividad que debería mejorar la salud
y las funciones en los individuos previamente sedentarios y desentrenados.

Figura 2. La línea sólida indica cambio en el riesgo a través de los
niveles de actividad o aptitud; esta línea es idealizada a partir de los
estudios prospectivos publicados. La línea de puntos (arriba) indica la relación
de los puntos límites de enfermedad, con el nivel de actividad o aptitud, con la
presunción que es requerida la prescripción tradicional de ejercicio para
obtener beneficios sobre la salud, y que mayores niveles de actividad o aptitud
producen beneficios adicionales, como se indica por la declinación en el riesgo
más allá del punto de umbral.
Cuestiones metodológicas en estudios poblacionales de actividad física
A veces se suscitan los problemas metodológicos y de diseño, en cuanto a la
interpretación de los datos de estudios epidemiológicos. En esta sección
nosotros discutimos los temas de las influencias y los prejuicios en los
estudios sobre evaluación de la actividad física.
Influencias o prejuicios
Mucho se ha escrito a cerca de las influencias, prejuicios o preconceptos que
podrían afectar los resultados de los estudios poblacionales, y la mayoría de
los textos standarizados tratan este tema con profundidad (48, 102). Los
estudios epidemiológicos sobre la actividad física, la aptitud física, y la
salud han sido normalmente conducidos con grupos de oportunidad, tales como
alumnos universitarios (86, 87, 90), pacientes de una clínica de medicina
preventiva (11, 12), u hombres con alto riesgo (69). Con frecuencia, los
resultados de tales estudios son cuestionados por posibles errores generados por
influencias o prejuicios en la selección de la muestra. Sin embargo, el error o
influencia en la selección de la muestra no es el principal problema en estos
estudios, porque las personas enroladas en los mismos, vienen bajo observación,
previo al conocimiento de cualquier resultado. Como en la mayoría de las
investigaciones epidemiológicas, se debe tomar mucha precaución cuando se
generalizan los resultados, y es necesario replicar el trabajo con otros grupos.
Un posible error en los estudios existentes es que los sujetos sedentarios o
desentrenados pueden estar en dichas categorías, debido a que ya tienen alguna
enfermedad, los que les causa la inactividad y el incremento concomitante de
riesgo de muerte. Los investigadores han tratado de resolver estos problemas
evaluando la relación entre actividad o aptitud, con mortalidad, en intervalos
al comienzo y durante el período de seguimiento (12, 75, 87), o considerando
cambios en las clasificaciones de actividades de trabajo (84).
Cuestiones de la evaluación
Se han hecho esfuerzos para validar los instrumentos de evaluación de la
actividad física usados en los estudios poblacionales (60, 104, 115), pero hay
varios temas importantes que necesitan mayor atención. En primer lugar es la
temporalidad de la exposición a la actividad física, ya que esta puede estar
influyendo en el camino etiológico de enfermedades y patologías. Todos los
estudios hasta el presente se han referido normalmente, a un solo momento
temporal de estimación de la actividad física (o inactividad), como una medición
de la exposición. Los primeros estudios (77, 84, 85) evaluaban las necesidades
relativas y absolutas de gasto energético de una tarea, mientras que los
estudios más recientes enfatizan la actividad física de tiempo libre (69, 86,
87, 90). Como en el estudio de ingesta alimenticia y enfermedad, los
investigadores han asumido que estas estimaciones de actividad se correlacionan
con la habitual, o de por vida, exposición a la actividad física, lo que es más
plausible en un sentido etiológico; esta presunción aún no ha sido confirmada.
El problema de la inadecuada clasificación de la exposición a una actividad
física (ya sea por un cambio en el comportamiento durante un período de
seguimiento o por un error real de evaluación), basada en una simple medición de
base, es una causa que podría llevar a subestimar el verdadero punto de
estimación del riesgo. Por lo tanto, nosotros podemos argumentar que cualquier
aumento en el riesgo, demostrado con un simple punto de estimación de la
actividad física, debería solamente ser reforzado con una medición de la
exposición a la actividad física más completa y precisa, y menos variable. Esto,
a menudo, no ha sido demostrado; una notable excepción es el estudio mencionado
anteriormente de la actividad física y la incidencia en el cáncer de cólon (67).
El segundo tema es que aún si la presunción de un simple punto de estimación de
la actividad física es etiológicamente válido, se desconoce cuantos días de
evaluación son necesarios para construir un modelo verdadero del gasto
energético habitual. Como con la ingesta alimenticia (70), nosotros podemos,
razonablemente, presumir un cierto grado de variación intraindividual en el
gasto energético. Por lo tanto, cuántos días de evaluación son necesarios para
minimizar esta variación intraindividual y brindar estimaciones no influenciadas
erróneamente, de los hábitos de actividad física?. Tal trabajo ha sido hecho en
el área de ingesta alimenticia (6, 70), pero aún no hay nada disponible para el
gasto energético.
Este problema se relaciona con el error de medición y subsecuente mala
clasificación de la exposición del mismo modo que fue discutido anteriormente, y
debe ser resuelto para brindar estimaciones más precisas de la exposición a la
actividad física. Se necesitan desarrollar nuevos enfoques para la evaluación de
la actividad física para resolver estos problemas, y aproximarse mejor a
parámetros fisiológicos apropiados de interés en diferentes poblaciones.
EPIDEMIOLOGIA DESCRIPTIVA DE LA ACTIVIDAD FISICA EN LOS
ESTADOS UNIDOS
La actividad física dentro de los grupos demográficos
Durante las últimas dos o tres décadas han recibido un mayor énfasis las
contribuciones de la actividad física a un estilo de vida más saludable. La
observación casual de que los adultos se están volviendo físicamente más activos
puede ser apoyada por datos de estudios nacionales que muestran pequeños
incrementos en el porcentaje de individuos que son activos y disminuciones en el
porcentaje de aquellos que son sedentarios (114). Sin embargo, nosotros no somos
una sociedad activa; siete de los once objetivos generales de salud para la
actividad y aptitud de 1990, probablemente no fueron alcanzados (98). Los datos
del Estudio Nacional de Entrevista sobre la Salud de 1985 muestran que el 25% de
los hombres adultos y el 30% de las mujeres adultas eran sedentarios (no
reportaron actividad física en el pasado mes) (16). Otro 30% de hombres y
mujeres fueron clasificados como irregularmente activos, y sólo el 8% de los
hombres y 7% de las mujeres estaban haciendo ejercicios a los niveles
recomendados por los objetivos de 1990. Los niveles de actividad física,
generalmente, están inversamente relacionados con la edad y directamente
relacionados con los niveles educativos y económicos. Las personas de raza
blanca aparecen de alguna manera ser más activos que las personas negras y
personas con razas no especificadas.
Riesgos de una baja actividad o aptitud atribuibles a la población
Los estudios epidemiológicos revisados anteriormente apoyan la inferencia de
que los bajos niveles de actividad y aptitud física son factores de riesgo
fuertes e independientes para la mortalidad por enfermedades cardiovasculares,
por cáncer, y por causas generales. La alta prevalencia de hábitos sedentarios
en los EEUU conducen, por lo tanto, a un alto % de población con riesgos
atribuibles a un estilo de vida sedentario. Paffenbarger y cols. (87) calculan
el riesgo atribuible a la población, de la mortalidad por causas generales, ante
hábitos sedentarios en un 16% (sedentarismo= <2000 kcal/semana de actividad
física; aproximadamente el 60% de los alumnos de Harvard estaban en riesgo,
según esta definición), en comparación con el 6% por hipertensión, el 22% por
cigarrillo, y el 5% por una historia familiar positiva de muerte parental
temprana. Los bajos niveles de actividad física en el Estudio Longitudinal del
Centro Aeróbico estuvieron asociados con un riesgo atribuible del 9% en los
hombres y del 15% en las mujeres (12). Estas estimaciones de riesgo fueron
comparables, o mayores con las estimaciones para otros factores de riesgo bien
establecidos, como el cigarrillo, el colesterol elevado o la tensión sanguínea,
una elevada glucosa sanguínea, un alto BMI (índice de masa corporal), y una
historia de muerte prematura por una enfermedad coronaria en algunos de los
padres.
Hahn y cols. (44) estimaron recientemente el número de muertes por nueve
enfermedades crónicas atribuidas a varios factores de riesgo. Las estimaciones
estuvieron basadas en estudios publicados y en las tasas de muerte en los EEUU
en 1986. El número de muertes atribuidas a los hábitos sedentarios [sedentarios
o irregularmente activos, como se describe en Caspersen y cols. (16)] fue de
256.686. Este número fue excedido por las estimaciones para el cigarrillo
(361.911) y la obesidad (261.988), pero fue mayor que los números estimados para
un colesterol elevado (253.194) o la hipertensión (225.962).
Las estimaciones de riesgos atribuibles a la población por hábitos
sedentarios y una baja aptitud física son altos. La actividad en los Estados
Unidos parece ser un problema de salud pública que es de magnitud comparable con
el cigarrillo, la obesidad, la presión sanguínea alta, y los elevados niveles de
colesterol.

Tabla 3. Resumen de resultados de estudios que investigan la relación de
la actividad o aptitud física con incidencias seleccionadas de enfermedades
crónicas (a, b). (a)* Pocos estudios, probablemente menos que 5; ** Varios
estudios, aproximadamente 5-10; *** Muchos estudios, más de 10. (b)→ No hay
diferencia aparente en las tasas de enfermedad entre las categorías de actividad
o aptitud;↓ alguna evidencia de reducción en las tasas de enfermedad entre las
categorías de actividad o aptitud;↓↓ buena evidencia de reducción en las tasas
de enfermedad a través de las distintas categorías, control de potenciales
factores confundidores, buenos métodos, alguna evidencia de mecanismos
biológicos;↓ ↓ ↓ excelente evidencia de reducción en las tasas de enfermedad, a
través de las distintas categorías, buen control de los potenciales factores
confundidores, excelentes métodos, extensa evidencia de mecanismos biológicos;
la relación es considerada causal.
RESUMEN
Los estudios de investigación realizados durante las últimas décadas
confirman los beneficios que aporta a la salud la actividad física regular, un
concepto con base en la edad antigua. Los efectos de la actividad sobre ciertas
condiciones de salud individuales, la dosis precisa de actividad requerida para
beneficios específicos, el rol de la intensidad del esfuerzo, y la elucidación
de los caminos biológicos por donde la actividad contribuye a la salud, son
temas de futuras investigaciones. A pesar de que aún permanecen detalles sin
esclarecer, se sabe que la actividad física reduce el riesgo de morbidez y
mortalidad de varias enfermedades crónicas y que aumenta la capacidad física, lo
que lleva a mejorar la función. La Tabla 3 presenta la relación de la actividad
con varias enfermedades, un juicio sobre la fuerza de la evidencia, y una
determinación general de la cantidad de trabajos existentes. Los resultados de
los estudios clínicos de ejercicio y las investigaciones epidemiológicas pueden
ser integrados en una teoría consistente y coherente de la actividad física para
la salud. Sin embargo, necesitan ser reconciliadas algunas diferencias entre
estas dos corrientes de investigación. Los fisiólogos del ejercicio han
recomendado, en general, una actividad relativamente intensa y un enfoque formal
para la prescripción de ejercicios.
Los estudios epidemiológicos sugieren una relación lineal dosis-respuesta, al
menos hasta un punto, entre la actividad física y los efectos funcionales y de
salud. Estos datos apoyan las recomendaciones de salud pública dirigidas hacia
el grupo más sedentario y desentrenado de la población, y enfatizan en realizar
al menos, una actividad física moderada. Si este grupo de adultos acumulara 30
minutos de caminata por día (o el gasto energético equivalente en otras
actividades), ellos obtendrían beneficios en cuanto a la salud, clínicamente
significativos. Un punto importante es que no importa que tipo de actividad
física se realiza: deportes, ejercicio planeado, tareas domésticas, trabajo en
el jardín, o tareas ocupacionales; todas ellas son beneficiosas. El factor clave
es el gasto energético total; si eso es constante, las mejorías en la capacidad
y en la salud serán importantes. Hay probablemente, 40 millones de adultos en
los EEUU cuyos hábitos sedentarios los ubican en un considerable riesgo de
morbidez y mortalidad por varias enfermedades. Estos mismos individuos también
son más susceptibles de tener limitaciones funcionales, especialmente a medida
que van siendo mayores.
El tamaño independiente del riesgo relativo para una perjudicada salud en
personas sedentarias, y un gran número bajo riesgo, conduce a un obstáculo
sustancial para la salud pública. Este problema necesita de la continua atención
de los médicos y otros profesionales de la salud, de los científicos, y de los
establecimientos de salud pública.
Agradecimientos
Agradecemos a Laura Becker por brindar su apoyo como secretaria, y a Chris
Ensmann y Shannon Jackson por su ayuda para la revisión de la literatura. Este
trabajo ha sido apoyado en parte por becas de los Institutos Nacionales de Salud
(AG 06945, AR 39715, HL 34174, CA 44854).
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Para citar este artículo en su publicación original: S. N. Blair, H. W. Kohl, N. F. Gordon,Y R. S. Paffenbarger, Jr. ¿Cuánta Actividad Física es Buena para la Salud?. Annu. Rev. Publ. Health, 13: 99-126, Annual Reviews Inc; 1992.
Para citar este artículo en PubliCE: Blair, Steven N. Kohl, Harold W. Gordon, Neil F. Paffenbarger, Ralph S. ¿Cuánta Actividad Física es Buena para la Salud?. PubliCE Standard. 16/06/2006. Pid: 657.